Imagina el año 2013. Dos desarrolladores decidieron crear una criptomoneda como una broma, para ridiculizar la seriedad de Bitcoin. Tomaron un meme de un perro de raza Shiba Inu y nombraron a la moneda Dogecoin. Sin whitepaper, sin promesas ambiciosas de cambiar el mundo. A lo largo de los años, Doge se mantuvo como un meme local para los chatistas. Pero luego ocurrió un giro: la comunidad comenzó a usar la moneda para caridad y apoyar a los deportistas. Cuando en 2021 Elon Musk empezó a hablar de Dogecoin, la broma se convirtió en un activo de miles de millones. La lección de esta historia es simple: en el mundo cripto, la atención de la comunidad y la fe de la gente a veces pesan más que las especificaciones técnicas complejas.